Queridos amigos, Nagareru monogatari se termina.
Dentro de unos pocos días su flujo cesará definitivamente.
Es una medida dolorosa, pero meditada y necesaria.
No es que ya esté aburrido o que ya no tenga más cosas que decir; ni mucho menos. De hecho es ahora cuando empiezo a tener ganas de contar cosas y cuando comienzo a tener el cerebro lo suficientemente engrasado como para expresarlas con una mínima coherencia. Es más, contar cosas en este blog estaba comenzando a convertirse, casi, en una necesidad. Y esta es precisamente la razón por la que he decidido poner fin a esta singladura bloguera.
Nagareru monogatari ya estaba reclamando demasiados recursos; cada día me exigía más espacio mental, más y más tiempo. Y yo, de espacio mental, como se dice por aquí "maa maa", pero de tiempo ando muy achuchao; bueno, yo y todo el mundo. Mika me dijo un día que en Japón hay dos cosas que son muy caras por ser muy escasas, que como ya habréis imaginado, son el espacio y el tiempo. Y de verdad que es increible, aquí el tiempo vuela. Los días, en vez de veinticuatro horas, parecen tener solo doce.
Para más inri, esta disminución de la medida de la jornada, ha venido acompañada de un aumento escandaloso de mis obligaciones cotidianas, entre las que estudiar japonés ocupa un lugar destacado. El idioma japonés, como ya barruntareis vosotros, es enrevesado hasta lo irracional y por contra mi cerebro, a estas alturas, se ha tornado recio, fibroso. Ha perdido la ductilidad de la que disfrutó antaño y se niega tozudamente a ingresar nuevos datos, por lo que me veo obligado a meter las cosas poco menos que a hostia limpia.
Yo, que en algunos aspectos he sufrido una metamorfosis casi milagrosa, sigo siendo procrastinador como yo solo, que es una palabra que antes me parecía horrible, pero que ahora me gusta mucho. Si, soy procrastinador, lo reconozco, y este blog era
